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El palacio de hielo, Tarjei Vesaas, Trotalibros Editorial

«¿Pero es infantil?» me preguntan sorprendidos cuando digo que «se trata de dos niñas que...»



No, no es infantil. No todas las obras sobre niños son infantiles. Es más, algunas obras sobre niños categorizadas como literatura infantil no son nada infantiles, como Pinocho o El libro de la selva o muchos otros.


Pero El palacio de hielo ni siquiera es de ésas. Es una obra adulta para adultos.


Llevaba un día inquieto de invierno confinado y gris. Ojeaba libro tras libro e intentaba recordar alguna película o serie que me apeteciera ver. Empezaba uno y lo dejaba a las tres páginas. Nada podía atraer mi mente dispersa, mi mente insensible, mi mente de corcho.


Y de pronto abrí este.


"Una muchacha de once años, de frente tersa y blanca, avanzaba en la oscuridad. Siss."


Basta una frase para saber, para reconocer lo que te habla a ti. Todo se aquietó a mi alrededor y en mi interior y me zambullí en esta historia sencilla y mágica de niñas de once años.


Los once años son la edad mejor. Los niños están a punto. Aún son niños, pero su inteligencia y sensibilidad están muy crecidas. Aún no se han lanzado a la socialización salvaje de la adolescencia. Son todo potencia y seriedad. Bellísimos. La pubertad. Lo latente, como en esta preciosidad de novela. La grandeza de lo que espera: el amor, la muerte.


La amistad a los once años es tan intensa que duele. Es amor, fidelidad y misterio. Están ahí al borde, mirando abajo, listos para dar el salto, emocionados de futuro, temerosos y excitados. Es para llorar de belleza esa edad.


El paisaje helado y la sencillez de la prosa de Tarjei Vesaas, y escribo varias veces el nombre para fijarlo, nos recuerdan los cuentos tradicionales, aunque la novela fue escrita y sucede en 1963, en Noruega. Pero ahí está esa reminiscencia: será por el el miedo, por la pureza, por la belleza.


Lo que pasa cuando dos niñas acaban de prometerse sin palabras amistad infinita y se miran juntas al espejo:


«Cuatro ojos centelleantes bajo las pestañas. Sus rostros ocupan todo el espejo. Las preguntas asoman y vuelven a esconderse. No lo sé: centelleos y rayos, centelleos de ti a mí, de mí a ti, y de mí a ti solo hasta ocupar el espejo y de vuelta, y nunca una respuesta a lo que es esto. Jamás una solución. Tus labios, rojos protuberantes; no son los míos. ¡Cómo se parecen! Y lo mismo ocurre con el pelo, centelleante. ¡Somos nosotras! No podemos remediarlo, viene como de otro mundo. La imagen empieza a volar, los contornos a desvanecerse, vuelven a juntares, no, no se juntan. Es una boca que sonríe. Una boca de otro mundo. No, no es una boca, no es una sonrisa, es algo que nadie sabe... no son más que unas pestañas abiertas sobre rayos y centelleos.»

Debería poner tiempo de lectura, como en las revistas: un par de horas de invierno. En verano más.

Por cierto, bienvenida al mundo a Trotalibros Editorial. El palacio de hielo, de tapa dura, blanco y estrellado como la nieve y el hielo, es el segundo libro de los tres de su catálogo y le auguramos muchísimos más.

Ah, y dice Doris Lessing:

«Qué simple es esta novela. Qué sutil. Qué potente. Qué diferente a cualquier otra. Es única. Es inolvidable. Es extraordinaria.»


La lectora sonámbula

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